Margaret Randall

Contar para atrás

Al contar para atrás, una práctica habitual
a mi edad, podría tropezarme con
la cuenta antigua de turquesa que me agaché a recoger
de la arena morada del Chaco.
Sabía que actuaba contra la ley
y la rectitud moral
negándome a devolver esa cuenta
a sus estaciones milenarias.

Si sigo contando, me puedo acordar
de una conversación atravesada por la sombra,
de esa mujer que nos pasó en el sendero,
que ayudó cuando me caí contra una piedra,
y cuando quisimos darle las gracias
desapareció: fantasmas, cuando menos se los espera,
melodías que cantan en mi cabeza por años,
consolándome cuando estoy sola.

Vuelvo a la alta temperatura
de las manos que sujetan las mías
cuando el ruido de las botas de los soldados
me retumba en la cabeza.
Cualquier soldado. Cualquier bota. Cualquier guerra.
Estrujo contra mi pecho
el nacimiento de cada hijo,
que se aferra a su lugar en la memoria del cuerpo.

Contando, siempre encuentro el beso tuyo
de intensidad prolongada,
labios que treinta años más tarde no cesaron de
abrasar los míos en su fuego suave.
No hace falta ir hacia atrás
para recibir ese beso.
Está conmigo mientras escribo,
me baña en permanencia.

 

 

Todo lo que cantamos

Todo lo que cantamos puede perderse. Lo que fue
y ya no es o lo que nunca fue.
Un poema: es eterno hasta que alguien lo escribe.
Este es mi momento único:
Soy mortal, y sin embargo, ignorante de mi mortalidad.

Hoy que cualquiera puede dejar la misma marca
busco y no encuentro mi cara en los espejos.
Escribo este silencio
para que algún sonido pueda contradecirlo
y se descubra: humano y errado.

 

 

Memoria da vuelta en la esquina

Memoria da vuelta en la esquina, con el pelo salvaje
ondeándole detrás.
Se detiene abruptamente,
un paisaje desconocido
se levanta por todas partes.
Los glaciares retroceden ante el calor
de las mentiras.
En la calle hay carteles en un idioma
que debió haber oído en la infancia
pero que no entiende más.
Una cosecha de juguetes con las ruedas destrozadas
y muñecas sin cabeza.
Decide volverse por donde vino
pero encuentra el sendero
cubierto de yuyos,
fragmentos de palabras
atrapados en las ramas de los árboles.
Memoria trata de rascarse la picazón
que le brota en la piel
y no hay alivio.
Luego un portal de esperanza
llama a su carne cansada
y se va, detrás de una multitud de fantasmas que ríen,
a un lugar donde el dolor no puede sobrevivir.

 

 

Libros

Abro un libro, y su mundo me sale al encuentro
en blanco y negro, como una foto vieja
o una película, donde el color viene
de la imaginación nutrida de otros libros
y de la vida, lugares del corazón o del miedo
reflejados en espejos dentro de espejos,
posibilidades enmarcadas por el cielo y el monte.

Ninguna ventaja para mí. Las cabezas redondas de los demás
de primero encontraron sus agujeros redondos, en cambio yo
me esforcé por abrazar el código que me eludía,
todo un verano acurrucada en el regazo tibio de papá
mientras él conectaba símbolo y sonido:
amor fonético.

Para segundo, ya estaba lista, lista y sintonizada
con los personajes que a veces me eran familiares
cuando los demás seguían siendo desconocidos con derechos
por mucho que leyera y releyera sus historias.
Los lugares también se volvieron personas, reales como una tierra
por la que un día iba a caminar.

Libros prohibidos, la literatura que un mercado libre puede aceptar
y la que no, un juicio en el que mi país
de nacimiento ordenaba deportarme
por lo que escribo: todo eso iba a venir más tarde,
avivando no solamente mi deseo de leer lo que quiero,
sino el de pensar y escribir lo que debo.

Hoy, que los dispositivos electrónicos imperan,
las reseñas dependen de lo que la prensa pueda gastar
en publicidad y los premios caen de las torres de marfil
a manos obedientes, todavía encuentro consuelo
en mi rincón del sofá, pasando páginas de papel,
oliendo el aroma de la tinta impresa que se desvanece.

 

 

Dibujándolo un sombrero

Cómo hacer que todos se olviden de quién sos
hablando todo el tiempo de eso.
Cómo hacer para que todos se acuerden
exactamente de quién sos
sin mencionar eso jamás.
Eso:
el elefante en la sala
o escondido en el dibujo del Principito,
dibujándolo un sombrero ante los ojos sin imaginación.
Orgulloso, brilla sobre tu piel.
Nadie puede borrarlo.
Se lo honra en todos los idiomas,
protagonista por fin,
como él mismo, del show.

 

(Traducción al español de Sandra Toro)

 

Margaret Randall Nació en Nueva York en 1936. Es autora de más de 150 libros de poesía, ensayo y historia oral. Vivió por largos períodos en Albuquerque ... LEER MÁS DEL AUTOR