Anne Sexton

Los ángeles caídos y otros textos

 (Versión al español de Isaías Garde)

 

La poeta de la ignorancia

Tal vez la tierra flote,
no lo sé.
Tal vez las estrellas sean figuritas de papel
cortadas por una tijera gigante,
no lo sé.
Tal vez la luna es una lágrima congelada,
no lo sé.
Tal vez Dios sea una voz profunda
que un sordo oye,
no lo sé.

Tal vez no soy ninguna.
Es cierto, tengo un cuerpo
y no puedo escaparme de el.
Me encantaría volar lejos de mi cabeza,
pero sobre eso no hay discusión.
Está escrito en la tabla del destino
que permanezca acá, metida en esta forma humana.
Siendo ese el asunto,
quiero llamar la atención sobre mi problema.

Dentro de mí hay un animal
que me agarra el corazón,
un enorme cangrejo.
Los médicos de Boston
metieron mano.
Probaron con escalpelos,
agujas, gases venenosos y todo eso.
El cangrejo persiste.
Es un gran peso.
Yo trato de olvidarlo, me ocupo de mis cosas,
cocino el brócoli, abro libros cerrados,
me cepillo los dientes, me ato los zapatos.
Probé con la plegaria,
pero cuanto más rezo más aprieta el cangrejo
y el dolor aumenta.

Una vez soñé,
tal vez fue un sueño,
que el cangrejo representaba mi ignorancia de Dios.
Pero ¿quién soy yo para creer en los sueños?

 

 

Fantasmas

Algunos fantasmas son mujeres,
ni abstractas ni blancas,
de tetas marchitas como pescados muertos.
No son brujas, sino fantasmas
que aparecen moviendo los brazos inútiles
como sirvientas negligentes.
No todos los fantasmas son mujeres,
he visto otros;
tipos gordos de vientres pálidos,
que ostentan sus genitales como trapos viejos.
No son diablos, sino fantasmas.
Uno de éstos se bambolea descalzo
sobre mi cama.

Pero eso no es todo.
Hay niños fantasma.
No son ángeles, sino fantasmas
que giran como tazas de té color rosa
sobre las almohadas, pataleando,
mostrando sus culos inocentes, berreando
para Lucifer.

 

 

La noche estrellada

Eso no me libra de sentir una terrible necesidad de -tengo que usar esa palabra- religión.
Entonces salgo de noche a pintar las estrellas.
Vincent Van Gogh en una carta a su hermano.

 

El pueblo no existe
salvo allí donde un árbol de cabellos negros
se desliza como una mujer ahogada hacia el cielo caliente.
El pueblo está en silencio. La noche hierve en once estrellas.
¡Oh noche, noche estrellada! Es así
como quiero morir.

Se mueven. Todo está vivo,
incluso la textura de la luna, de hierros naranja,
que atrae a los niños, como un dios, desde su ojo.
La antigua serpiente invisible se traga las estrellas.
¡Oh noche, noche estrellada! es así
como quiero morir:

dentro de esa imparable bestia de la noche.
Absorbida por el gran dragón,
para desprenderme de mi vida, sin banderas,
sin vientre,
sin llanto.

 

 

Para el año de los locos

Una plegaria

Oh María, madre frágil,
escuchame, escuchame ahora,
aunque no conozca tus palabras.
El rosario negro con su cristo de plata
descansa, sin bendecir, en mi mano,
porque yo soy la incrédula.
Cada cuenta, redonda y dura, entre mis dedos,
es un pequeño ángel.
Oh María, permitime esta gracia,
este paso,
aunque yo sea tan desagradable,
hundida en mi pasado
y en mi locura.
Si bien acá hay sillas,
yo me tiro en el piso.
Solo mis manos están vivas,
al tocar las cuentas.
Tartamudeo palabra a palabra.
Una principiante; siento tu boca que toca la mía.

Cuento las cuentas como olas
que me martillan.
Me lastima su cantidad;
enferma, enferma en el calor del verano,
la ventana sobre mí
es la única oyente de mi ser incómodo.
Ella es la gran garantía, la aliviadora.
La dadora de aire,
al murmurar,
exhala desde sus amplios pulmones como un pez enorme.

Cerca, más cerca,
llega la hora de mi muerte
mientras me arreglo la cara, retrocedo,
me vuelvo inmadura y mi pelo se alisa.
Todo esto es la muerte.
En la mente hay un pasaje angosto que se llama muerte,
me muevo por allí
como a través del agua.
Mi cuerpo es inútil,
yace enroscado como un perro en la alfombra.
Ya se rindió.
Aquí no hay palabras, salvo esas que se entienden a medias:
“Ave María” y “Llena eres de gracia”.
Ahora penetro en el año sin palabras.
Noto la entrada rara y el exacto voltaje.
Existen sin palabras.
Sin palabras toco el pan,
y reparto el pan
sin hacer ruido.

Oh María, tierna doctora,
vení con polvos y hierbas
porque estoy en el centro.
Es exiguo y el aire es gris,
como en un baño de vapor.
Recibo el vino, como un niño recibiría leche.
Presentado en una copa fina,
redondeada y de borde delicado.
El vino es de tonos vivos, rancio y secreto.
La copa se alza por si misma hasta mi boca,
y me entero de eso y lo comprendo,
solo porque ocurre.

Tengo miedo de toser,
pero no hablo,
miedo a la lluvia, miedo del jinete
que empieza a cabalgar dentro de mi boca.
La copa se inclina por sí misma
y me enciendo.
Veo dos lineas finas que bajan ardiendo por mi mentón,
me veo a mi misma como si estuviera viendo a otra.
Estoy partida en dos.

Oh María, levantá los párpados.
Estoy en el dominio del silencio,
en el reino del loco y del durmiente.
Hay sangre acá
y yo estoy sin comer.
Oh madre del útero,
¿vine solamente por la sangre?
Oh pequeña madre,
estoy en mi propia mente,
estoy encerrada en la casa errónea.

 

 

Los ángeles caídos

Llegan hasta mi hoja
en blanco y dejan una mancha de Rorschach.
No lo hacen por maldad,
sino para darme una señal de
que me necesitan, como dijo una vez Aubrey Beardsley,
para forzar la cosa hasta que surja algo.
Torpe como soy,
lo hago.
Es que soy como ellos-
ellos y yo, salvados y perdidos,
rodando, como Humpty Dumpty,
alfabeto abajo.

Cada mañana los empujo de mi cama
y cuando se meten en la ensalada
revolcándose como perros
los saco uno por uno
tal como mi hija
separa las anchoas.
En mayo bailan entre los juncos,
hasta romperse los dedos de los pies,
riendo como peces.
En noviembre, el mes espantoso,
chupan la infancia de las frutas,
y las vuelven amargas e incomibles.

No obstante, me acompañan.
Agitan la vida.
Reparten su magia
como caramelos surtidos.
Van conmigo al dentista
y me protegen del torno.
También
van a clases conmigo
y les mienten a los alumnos.

Oh ángel caído,
compañero interior,
murmura algo sagrado
antes de que me lleves pellizcándome
hasta la tumba.

Anne Sexton Nacida en Newton, Massachusetts, en 1928 y fallecida en 1974 es, junto con Sylvia Plath, una de las voces más potentes de la llamada poesí ... LEER MÁS DEL AUTOR