Anne Carson

El ensayo de vidrio

 

(Versión al español de Sandra Toro)

 

 

Yo

Oigo ruiditos adentro de mi sueño.
La noche hace gotear su canilla de plata
sobre mi espalda.
A las 4 de la mañana me despierto. Pensando

en el hombre que
se fue en septiembre.
Se llamaba Law.

Mi cara en el espejo del baño
tiene surcos blancos que bajan.
Me la enjuago y vuelvo a la cama.
Mañana voy a ir a visitar a mi mamá.

 

 

Ella

Vive en un páramo en el norte.
Vive sola.
Allá la primavera se abre como una navaja.
Viajo todo el día en trenes y llevo un montón de libros

—algunos para mi mamá, algunos para mí—
entre ellos las Obras completas de Emily Brontë.
Es mi autora preferida.

También mi miedo más grande, que pretendo enfrentar.
Cuando visito a mi mamá
me convierto en Emily Brontë,

con mi vida solitaria rodeándome como un páramo
y mi cuerpo desgarbado tropezando en los lodazales con un aire de transformación
que muere en cuanto llego a la puerta de la cocina.
¿Qué carne es, Emily, la que necesitamos?

 

 

Tres

Tres mujeres calladas en la mesa de la cocina.
La cocina de mi madre es chiquita y oscura pero del otro lado de la ventana
está el páramo, inmovilizado de hielo.
Se extiende hasta donde el ojo alcanza a ver

por kilómetros llanos hasta un cielo sólido y apagado.
Mamá y yo masticamos la lechuga con esmero.
El reloj de la pared de la cocina emite un zumbido bajo e irregular que

una vez por minuto pasa por encima del doce.
Tengo abierta la pág. 216  de Emily apoyada en la azucarera
pero observo a mamá con disimulo.

Miles de preguntas me golpean desde adentro los ojos.
Mamá inspecciona la lechuga.
Paso a la pág. 217.

“En mi huida por la cocina me llevé por delante a Hareton
que estaba ahorcando a una camada de cachorros
en el respaldo de una silla de la entrada…”

Es como si nos hubieran sumergido a todas en una atmósfera de vidrio.
De vez en cuando un comentario abre un sendero en el vidrio.
Los impuestos del terreno de atrás. No es un melón muy bueno,

demasiado pronto para melones.
La peluquera del pueblo encontró a Dios, todos los martes tiene cerrado.
Otra vez lauchas en el cajón de los repasadores.
Bolitas. Se comieron

las puntas de las servilletas, con lo que
cuestan hoy en día las servilletas de papel.
Esta noche lluvia.

Mañana lluvia.
Ese volcán de las Filipinas empezó de nuevo. Cómo se llama
Anderson murió no Shirley no

la cantante de ópera. La negra.
Cáncer.
No comiste el aderezo, ¿no te gusta el pimentón?

Atrás de la ventana veo las hojas muertas que ruedan por el llano
y restos de nieve sucia con mugre de pino.
En el medio del páramo

donde el terreno forma una depresión,
el hielo empieza a aflojar.
Un agua libre y negra viene

coagulándose como la bronca. De repente mi mamá habla.
¿Esa psicoterapia no te está haciendo muy bien, no?
No lo estás superando.

Mi mamá tiene una forma de resumir las cosas.
Law nunca le gustó mucho
pero sí le gustaba la idea de que tuviera un hombre y siguiera adelante con mi vida.

Bueno, él es un tomador y vos una dadora espero que resulte,
fue lo único que dijo después de conocerlo.
Tomar y dar para mí eran solamente palabras

en esa época, antes nunca me había enamorado.
Era como una rueda que rodaba por una ladera.
Pero esta mañana temprano mientras mamá dormía

y yo estaba abajo leyendo la parte de Cumbres Borrascosas en la que
Heathcliff se agarra del enrejado durante la tormenta llorando y gritándole
“¡Entra! ¡Entra!” al fantasma de la querida de su corazón,

caí de rodillas sobre la alfombra y también lloré.
Sí que sabe cómo ahorcar a los cachorros,
esa Emily.

No es como tomarse una aspirina, le contesté débilmente.
La Dr. Haw dice que el duelo es un proceso largo.
Frunce el ceño. ¿Qué se logra

con revolver tanto el pasado?
Oh –abro las manos—
¡Me impongo! La miro a los ojos.
Ella sonríe. Sí, te imponés.

 

 

Oservadora

Oservadora,
la forma en la que Emily escribe esa palabra,
causó confusiones.
Por ejemplo

en el primer verso del poema que en la edición de Shakespeare Head
publicaron como “Tell me, wether, is it winter?”.
Pero lo que ella escribió es whacheroservadora.

Observadora es lo que fue.
Observó a Dios, a los seres humanos, el viento del páramo y  la noche abierta.
Observó los ojos, las estrellas y el clima verdadero, por dentro y por fuera.

Observaba los barrotes del tiempo, que rompió.
Observaba el corazón pobre del mundo,
abierto de par en par.

Ser una observadora no es una elección.
No hay dónde escaparse de eso
ni saliente a la que trepar —como un nadador

que al atardecer sale del
agua sacudiéndose las gotas—, es algo que se abre.
Ser una observadora no es en sí ni triste ni feliz,

aunque ella use esas palabras en sus poemas
como usa las emociones de la unión sexual en sus novelas,
rayando con el eufemismo el trabajo de observar.

Pero no tiene nombre.
Es transparente.
A veces lo llama Él.

“Emily es la doncella que barre la alfombra,”
escribe Charlotte en 1828.
Antisocial hasta en su casa

e incapaz de mirar a los desconocidos a los ojos cuando se aventuraba fuera,
Emily hizo su camino incómodo
a través de días y años cuya desnudez consterna a sus biógrafos.

Esa vida triste y atrofiada, dice uno de ellos.
Irrelevante, carente de interés, devastada por la desesperanza
y la decepción, dice otro.

Pudo haber sido un gran navegante si hubiera sido hombre,
sugiere un tercero. Mientras tanto
Emily sigue barriendo la pregunta de la alfombra,

¿Por qué naufraga el mundo?
Para alguien conectado con Él,
el mundo debió haber sido una especie de oración a medio terminar.

Pero entre los vecinos que la recuerdan
llegando de un paseo por los páramos
con la cara “iluminada por una luz divina”

y la hermana que nos cuenta
que en su vida Emily no hizo un solo amigo,
hay un espacio por el que se desliza

el almita en carne viva.
Va rozando la quilla como un petrel
fuera del alcance de la mirada.

Al almita en carne viva no la capturó nadie.
No tuvo amigos, ni hijos, ni sexo, ni religión, ni matrimonio, ni éxito, ni sueldo,
ni miedo a la muerte. Trabajó

en total seis meses de su vida (en una escuela en Halifax)
y se murió en el sofá de su casa a las dos de una tarde de primavera
en su año treinta y uno. Pasó

la mayor parte de las horas de su vida barriendo la alfombra,
paseando por el páramo
y observando. Dice

que eso le daba paz.
“Todo listo y dispuesto condición en la que es deseable que estemos
todos en este día y por años”
escribió en su diario en 1837.

Sin embargo su poesía tiene que ver de principio a fin con prisiones,
bóvedas, jaulas, barrotes, límites, frenos, cerrojos, cadenas,
ventanas cerradas, marcos angostos, paredes que duelen.

“¿Y por qué tanto alboroto?” pregunta un crítico.
“Quería libertad. ¿No la tenía?
Una vida hogareña razonablemente satisfactoria,

una vida imaginaria todavía más satisfactoria —¿por qué tanto aleteo?”
¿Cuál era esa jaula, invisible para nosotros,
en la que se sentía confinada?”

Hay muchas formas de estar presa,
pienso mientras avanzo por el páramo.
Después del almuerzo es ley que mamá duerma la siesta

y que yo salga a caminar.
Los árboles desnudos y azules y el cielo de abril de madera desteñida
tallan en mí con cuchillos de luz.

Algo de todo eso me recuerda la infancia—
es la luz del tiempo estancado después de almorzar
cuando los relojes hacen tictac

y los corazones se cierran
y los padres vuelven al trabajo
y las madres se quedan paradas frente a la pileta de la cocina pensando

en algo que nunca dicen.
Recordás demasiado,
me dijo mi mamá hace poco.

¿Para qué quedarse con todo eso? Yo le dije:
¿Dónde lo puedo dejar?
Y ella cambió de tema a algo sobre los aeropuertos.

Los copos de nieve se transforman en barro a mi alrededor
a medida que voy avanzando por el páramo
abrigada con el sol pálido y azul.

Nuestros pinos se sumergen
en la orilla y ondulan con las brisas
de algún otro lugar.

Quizás lo más difícil de perder a un amante sea
ver cómo se repiten los días del año.
Es como si pudiera hundir mi mano en el

tiempo y recoger
las pastillas azules y verdes del calor de abril
en otro país hace un año.

Puedo sentir ese otro día correr debajo de este como una cinta
de video vieja –acá vamos pasando rápido el último recodo
a la casa de él, colina arriba, con las sombras

de las limas y las rosas flotando en la ventanilla del auto
la música que brota de la radio y él
que canta llevándose a los labios mi mano izquierda.

Law vivía en un cuarto alto y azul desde el que podía ver el mar.
El tiempo con sus vueltas transparentes todavía al pasar junto a
mí ahora me trae el sonido del teléfono en ese cuarto

y el tráfico lejos y las palomas abajo de la ventana
la risa tranquila y la voz de él diciéndome,
hermosa. Puedo sentir el corazón de esa

hermosa latiendo adentro del mío mientras ella se acurruca en los brazos de él en el cuarto alto y azul—
No, digo en voz alta. Me obligo a bajar los brazos
en el aire que de pronto es frío y pesado como el agua

y la cinta se para en seco
como un portaobjetos debajo de una gota de sangre.
Me detengo, me doy vuelta y me paro contra el viento,

que ahora se lanza sobre mí en el páramo.
Cuando Law se fue me sentí tan mal que pensé que iba a morirme.
Eso no es nada raro.

Empecé a practicar meditación.
Todas las mañanas me sentaba en el piso enfrente del sofá
y cantaba pedacitos de oraciones antiguas en latín.

De profundis clamavi ad te Domine.
Y todas las mañanas tenía una visión.
De a poco fui entendiendo que eran destellos de mi alma.

Desnudos, los llamé.
Desnudo #1. Mujer sola en una colina.
Se para contra el viento.

Es un viento fuerte que sopla inclinado desde el norte.
Arrancando aletas y girones largos de piel del cuerpo de la mujer
que se vuelan dejando

expuesta una columna de nervios sangre y músculo
que llama en silencio con su boca sin labios.
Me duele registrar esto,

no soy una persona melodramática.
Pero como dice Charlotte Brontë en Cumbres Borrascosas:
“el alma se labra en un taller salvaje”.

El prólogo de Charlotte de Cumbres Borrascosas es la obra maestra de un publicista.
Como alguien que se cuida de mirar a un escorpión
agazapado en el brazo del sofá

Charlotte habla con calma y firmeza
sobre los otros muebles del taller de Emily  –sobre
el espíritu inexorable (“más fuerte que el de un hombre, más simple que el de un chico”),

la enfermedad cruel (“el dolor que ninguna palabra puede procesar”),
el final autónomo (“se hundió rápido, se apuró a dejarnos”)
y sobre el sometimiento absoluto de Emily a

un proyecto creativo que no podía entender ni controlar,
y por el que no merece más elogio ni culpa
que si hubiera abierto la boca

“para respirar un relámpago”. El escorpión baja
por el brazo del sofá mientras Charlotte
sigue hablando gentilmente del relámpago

y otros eventos climáticos que podemos experimentar
cuando entramos en la atmósfera eléctrica de Emily.
Es un “horror de una oscuridad enorme”el que nos espera

pero Emily no es responsable. Emily estaba atrapada.
“Habiéndoles dado forma a esos seres que no sabía que había creado”,
dice Charlotte (refiriéndose a Heathcliff, Earnshaw y Catherine).

Bueno, hay muchas formas de estar presa.
El escorpión se agarra de un resorte de luz y aterriza sobre nuestra rodilla izquierda
mientras Charlotte concluye, “Consigo misma no tenía piedad”.

Impiadosas también son las Cumbres, que Emily llamó Borrascosas
por su “aireación tonificante”
y “un viento del norte fuera de control”.

Observar el viento del norte moler el páramo que
rodeaba por todos los flancos la casa de su padre,
hecha de una roca conocida como arena de piedra de molino

le enseñó a Emily todo lo que sabía sobre el amor y sus necesidades—
una educación del enojo que moldea la forma en que sus personajes
se usan los unos a los otros. “Mi amor por Heathcliff”, dice Catherine,

“se parece a las rocas eternas de allá abajo:
una fuente de placer poco visible, pero necesario”.
¿Necesario? Noto que el sol se apagó

y que el aire de la tarde se afila.
Doy la vuelta y empiezo a cruzar el páramo de regreso a casa.
¿Cuáles son los imperativos

que mantienen a las personas como Catherine y Heathcliff
juntas y separadas, como burbujas sopladas en caliente en la piedra
que cuando se endurece quedan varadas

fuera de alcance unas de otras? ¿Qué clase de necesidad es esa?
La última vez que vi a Law fue una noche negra de septiembre.
Había empezado el otoño,

yo tenía las rodillas frías abajo de la ropa.
Salía un fragmento helado de luna.
Él se quedó parado en el living y hablaba sin

mirarme. Sin dar demasiadas vueltas,
dijo lo de nuestros cinco años de amor.
Adentro de mi pecho sentí que el corazón se me partía en

dos mitades que se alejaban flotando. Para ese momento tenía tanto frío
que era como si me quemara. Saqué una mano
para tocar la de él. Retrocedió.

No me quiero poner sexual con vos, me dijo. Se volvió todo muy loco.
Pero ahora me estaba mirando.
Sí, le dije, mientras empezaba a sacarme la ropa.

Se volvió todo muy loco. Cuando estuve desnuda
le di la espalda porque a él le gusta la espalda.
Se me acercó.

Todo lo que sé sobre el amor y sus necesidades
lo aprendí en ese momento
cuando me vi

frotando mi culito rojo y ardiente como un mandril
contra un hombre que no me quería más.
No había área de mi mente que no

estuviese espantada por esa acción, ni parte de mi cuerpo
que pudiera haber hecho otra cosa.
Pero hablar de cuerpo y mente plantea la pregunta.

El alma,
que se extiende entre el cuerpo y la mente como una superficie de arena de piedra de molino,
es el lugar donde esa necesidad se tritura a sí misma.

El alma es lo que estuve observando toda esa noche.
Law se quedó conmigo.
Nos acostamos encima de las cobijas como si en realidad esa no fuera una noche del sueño y del tiempo,

acariciándonos y cantando en nuestro idioma inventado
como los chicos que supimos ser.
Esa noche, como diría Emily, concentró

el Cielo y el Infierno. Tratamos de coger
y él seguía flácido, pero contento. Yo acababa
una y otra vez, cada una acumulando más lucidez, hasta que

al final quedé flotando muy alto cerca del techo mirando ahí
abajo las dos almas agarradas encima de la cama
con sus límites mortales

visibles alrededor como las líneas de un mapa.
Vi endurecerse esas líneas.
A la mañana se fue.

Es muy frío
caminar con el viento de abril largo y rasante.
No hay atardecer en esta época del año, nada más
algunos movimientos adentro de la luz y después hundirse.

Anne Carson (Toronto, 1950). Poeta, novelista y ensayista canadiense. Su tesis doctoral sobre Safo se publicó en 1986 con el título de Eros the Bi ... LEER MÁS DEL AUTOR